La luz que no puedes ver

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Autor: Anthony Doerr Año: 2014 Editorial: Suma

Siempre que me encuentro frente a una novela con niños o jóvenes como protagonistas, me cuesta clasificarla de inmediato como “literatura juvenil” ¿No pasamos nosotros, como adultos, por experiencias y aprendizajes similares? ¿Por qué habríamos de negarnos a leer un libro solo porque los personajes principales no pagan impuestos ni arriendo?

La luz que no puedes ver es una novela de jóvenes para lectores de todas las edades ¿la razón? El contexto en el que se desarrolla es la Segunda Guerra Mundial, conflicto bélico creado y sostenido por adultos, quienes, en su usanza, perseguían ambiciones y deseos de venganza individualistas.

Sin mencionar que la novela, publicada en 2014, ganó el premio Pulitzer de ficción el año pasado, llamó mi atención apenas la vi en la sección Novedades de la librería Antártica. Como en la contraportada se lee que la joven francesa es ciega, asumí que el título tendría relación con su discapacidad. No obstante, buscando la explicación del autor, aprendí que el nombre hace referencia a la luz que de forma literal no podemos ver, es decir, las longitudes de onda del espectro electromagnético, siendo las ondas de radio las más importantes para el relato.

En un sentido más metafórico, implica las innumerables historias de la Segunda Guerra Mundial que permanecen enterradas e invisibles, por lo que en resumen, el título sugiere que pasamos demasiado tiempo concentrados en una ínfima parte del espectro de posibilidades existentes.

Como no busco arruinar la historia, basta con decir que la obra demuestra, quizá sin buscarlo, cómo a través de los medios de comunicación masivos se puede adoctrinar para que un grupo determinado llegue a considerar cierta información como la verdad absoluta:

“A continuación comienza una obra de teatro patrocinada por el gobierno de Berlín: la historia de unos invasores que se cuelan en una aldea en mitad de la noche. En la obra, los invasores tienen la nariz aguileña y son dueños de grandes almacenes, deshonestos joyeros o banqueros inmorales. Venden basura brillante, dejan sin trabajo a los hombres de negocios de las aldeas, traman el asesinato de niños alemanes mientras duermen. Hasta que un vigilante, un humilde vecino del lugar, comprende la trama, llama a la policía y aparecen oficiales grandes, apuestos y sonoros, de espléndidas voces. Tiran abajo las puertas, sacan a rastras a los invasores y suena una marcha patriótica. Todo el mundo vuelve a ser feliz”.

Entre los temas recurrentes encontramos además el instinto de supervivencia a cualquier costo, (costo que a veces incluye traicionar nuestros valores), la necesidad de ser apreciados y destacados, la inevitabilidad de los hechos y la idea de destino, sobre todo en el clímax mismo, cuando Werner y Marie-Laure se encuentran.

Considero que los diez años de trabajo e investigación del estadounidense Anthony Doerr fueron bien logrados, porque si bien aborda un enfrentamiento tan conocido y estudiado como lo es la Segunda Guerra Mundial, lo hace desde un punto de vista fresco y juvenil pero no por ello infantil o destinado a un final feliz por el mero deseo de complacer a sus lectores.

Pese a que las 656 páginas puedan parecer intimidantes, los mini capítulos en los que un narrador omnisciente alterna los puntos de vista de los protagonistas, presentan un relato no lineal lleno de flashbacks que permite avanzar rápido sin importar la extensión del libro.

Disfruté la cuidadosa elección del lenguaje y las ricas descripciones que llegaban incluso a la sinestesia. Disfruté de la cercana relación entre Marie-Laure y su padre Daniel, la que me recordó al amor paterno presente en La sombra del viento de Carlos Ruíz Zafón. Finalmente, disfruté la idea persistente de que los pequeños actos de bondad pueden realizarse en todo momento y a pesar de nuestras circunstancias.

Los invito a leer La luz que no puedes ver y los invito a reflexionar en una cita del mismo que caló hondo en mí: “Abrid los ojos y observad todo lo que podáis, antes de cerrarlos para siempre”.

[Reseña de: Camila Vargas, mediadora de lectura de Biblioteca Viva Trébol]