Curso de literatura rusa

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Autor: Vladimir Nabokov Año: 2016 Editorial: Ediciones B

¿Cuántos de quienes han leído Los hermanos Karamázov habrán llegado a rechazar la pluma de Dostoyevski por mediocre o incluso vulgar? ¿Habrá entre los lectores de Crimen y Castigo alguno que vea en su argumento central un gran fallo? ¿Cuántos estarían dispuestos a afirmar que la grandeza de Tolstoi estriba en su complejidad para ser entendido por cualquier lector? Todo esto pudiera parecer una colección de lecturas erróneas o de un inexperto. Pero quien sostuvo estas opiniones frente a cientos de alumnos, durante veinte años, se transformó y sigue siendo casi una leyenda, logrando quizás como ningún otro poner en evidencia los aciertos y defectos de grandes exponentes de la literatura rusa del siglo XIX, la más floreciente del mundo de las letras en ese territorio.

El autor detrás de la conocida obra Lolita, Vladimir Nabokov, escribió para cada una de sus clases apuntes detallados, llenos de extensas citas, anotaciones al margen y profundos análisis acerca de autores rusos que han sido leídos en el mundo entero. Planeando cada minuto (señalado al margen en sus hojas de apuntes) completó en el papel lecciones de cincuenta minutos por clase acerca de Gógol, Turguéniev, Dostoyevsky, Tolstoi, Chéjov y Gorki, autores a su juicio fundamentales, pero no siempre destacables desde una perspectiva artística.

Pero ¿qué entendía Nabokov por artístico o brillante, en términos literarios? ¿Cuáles son los elementos que él determinó como esenciales para poder decir de una lectura que se está frente a una obra de arte y no un simple desfile de palabras inconsistentes, sin vida? Con insistencia remarca en sus clases la importancia de la belleza de una obra, por encima de las equivocas funciones políticas y moralizantes que muchos libros ofrecen, como si ese fuese el rol de la literatura. Este tipo de comentarios le valieron el rechazo o al menos el desacuerdo de muchos críticos literarios que no concuerdan con los criterios esteticistas que a Nabokov le parecen verdades fundamentales. Resulta clara su postura en una de las tantas lecciones que dictó acerca de Ana Karénina:

“Llegamos ahora a los últimos capítulos de la línea argumental de Liovin, a su conversión final; pero, una vez más, tengamos la vista puesta en la imagenería y dejemos que las ideas se acumulen como quieran. La palabra, la expresión, la imagen, son la verdadera función de la literatura. No las ideas”.

Lejos de la estructura habitual de clase de literatura que podríamos imaginar y en un tono que muchos han entendido como petulante, el profesor ofrece en sus clases visiones tajantes, directas, descarnadas pero sobretodo, fundadas en cientos de lecturas, relecturas, escrituras propias y conocimiento construido en años de enseñanza. Su talante responde a una sincera y exhaustiva búsqueda de los mejores valores en el mundo de las letras, para despejar mitos y enaltecer los aciertos de cada escritor considerado importante en la Rusia del siglo XIX.

Hoy el lector de habla hispana puede tener acceso a este invaluable material gracias al trabajo de recopilación del biógrafo y crítico literario Fredson Bowers y a la difícil tarea de traducción tomada por María Luisa Balseiro (compleja considerando la constante disconformidad del maestro con los traductores de notables textos rusos, empobrecidos o tergiversados a su juicio durante el paso de una lengua a otra). Quien se enfrente a esta gran obra sin ninguna noción acerca de la literatura rusa puede hacerlo sin temor: a pesar de la complejidad de los análisis, el autor usa un lenguaje por lo general accesible y su curso fue pensado para alumnos estadounidenses sin preparación previa sobre estos temas. Aun cuando algunos conceptos e ideas resultan de difícil comprensión, el texto es en general comprensible, porque como el mismo Nabokov decía, no es preciso un lenguaje enrevesado para que un texto pueda ser brillante:

“Su léxico [el de Chéjov] es pobre, su combinación de palabras casi trivial […] No fue un inventor verbal como lo había sido Gógol; su estilo literario acude a las fiestas en traje de diario. Por eso es un buen ejemplo que aducir cuando se intenta explicar que un escritor puede ser un artista perfecto sin ser excepcionalmente brillante en su técnica verbal ni estar especialmente preocupado por la flexión de sus frases”.

[Reseña de: Javiera Díaz, subdirectora Biblioteca Viva Tobalaba]