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La imperecedera huella de “Mr. Potter”

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Mr. Potter es una novela marcada por la soledad  y la muerte, un viaje truncado que responde a inquietudes propias de la búsqueda identitaria por parte del personaje principal, que en este caso es también, la propia vida de la escritora. Es una reconstrucción biográfica que Jamaica Kincaid elabora en varios de sus libros, contando la vida con su hermano, madre y también su emigración a Estados Unidos. En esta oportunidad le toca relatar la vida de su padre.

Por Camilo Bravo, mediador de lectura de Biblioteca Viva Trébol.

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Es una desolación tras otra, una vida solitaria por parte de los hombres que gestaron la familia de la escritora. Hombres de la negritud, del oficio. Su abuelo era pescador, su padre taxista, ambos analfabetos, “no saben leer ni escribir” repite constantemente, una y otra vez para que no se nos olvide, ellos “no saben leer ni escribir”. Que no se nos olvide.

mrpotter“Aquel día el sol estaba en su lugar habitual”, remite inmediatamente a una naturalidad, a la comodidad de la rutina. Es así como leemos sus primeras líneas y también así comienza el octavo capítulo. Porque aun así la inmensidad, luminosidad y energía solar no fueron suficientes para que Mr. Potter se diera cuenta de que el sol brillaba, iluminaba y acaloraba. Tampoco se dio cuenta que tuvo muchas hijas, y que no amó a ninguna de ellas ni menos a sus madres. Sólo le importaba dirigir el vehículo que le fue asignado, porque ese era su trabajo, porque no sabía leer ni escribir, pero sí tenía un taxi que manejar.

Si bien esta novela de auto-ficción es un trabajo delicado y arqueológico de su propia historia, es también la historia del caribe, la historia de la negritud africana que viaja a Europa o a Centroamérica, quizás en busca de algo nuevo, quizás porque se los llevaron amarrados, quizás porque se les mintió. A través de Mr. Potter se busca canalizar la historia caribeña, una historia acéfala, viuda, huérfana y olvidada. Leemos el cansancio y la desolación. Si buscamos entretenernos o leer una novela simpática, les cuento que esta novela no es precisamente para alegrar el día. Claramente no nos vamos a deprimir, pero sí el lugar está marcado por vivencias complejas de desamor y orfandad.

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Jamaica Kincaid / Créditos: Getty Images.

La prosa lúgubre es conmovedora, y la narración, por otro lado, es ripiosa con toda la intención de serlo, reiterativa, descriptiva, a ratos molesta y con tales características se configura la estética de la novela. Se compone de elementos cronísticos, es como el diario de la genealogía paterna e idiosincrática. “Mr. Potter, el hombre que luego se convirtió en mi padre, el hombre llamado Roderick Nathaniel Potter que vivió hasta los setenta años y que en todo ese tiempo no supo leer ni escribir, nació el siete de enero de mil novecientos noventidós y murió el cuatro de junio de mil novecientos noventa y dos. Y en sus setenta años de vida no deseó ser mejor de lo que era y, por supuesto, no deseó ser peor”, una historia de vida plana. ¿Ríe, llora? No sabemos y no importa, tal como a Mr. Potter no le importa nada. Todo se configura en la banalidad de una vida fracasada sin intenciones de vivir, ni tampoco de morir. Ese es el padre de la narradora, de la escritora. No sé si podríamos hablar de odio o rencor. O tal vez sí pero está perdonado-empoderado algo que ya está intrínseco en la pluma de Jamaica Kincaid, por lo tanto se vuelve novela. Una vida como cualquier otra se vuelve novela, porque la hija del analfabeto sí sabe leer y escribir,  ¡y cómo escribe! Mr. Potter se ha vuelto imperecedero, o por lo menos hasta que ese sol brillante, luminoso y energético no lo sea más.

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